No es cuestión de tamaño

No es cuestión de tamaño


En primer lugar es importante saber que si bien los perros presentan una gran variabilidad en lo que se refiere al aspecto físico, al tamaño...


Todos los perros pertenecen a la misma especie

 

Si consideramos que el perro es un "lobo doméstico", el siguiente interrogante es saber cómo es posible que todas las razas de perros, incluidos los mestizos, pertenezcan a una misma especie.

En primer lugar es importante saber que si bien los perros presentan una gran variabilidad en lo que se refiere al aspecto físico, al tamaño y al color, estas diferencias no alcanzan para demostrar que dos razas de perro -como por ejemplo, el pequinés y el dogo argentino- pertenezcan a especies distintas. Por el contrario, todos los estudios anatómicos han demostrado que esas diferencias son sólo superficiales. La estructura anatómica básica es muy similar si se compara la de un pequinés con la del lobo, la de un dogo con su antepasado salvaje, o la del dogo argentino con el pequinés. Esto mismo es válido en lo que respecta a los perros mestizos, ya que la única diferencia significativa con sus congéneres de pedigrí es que no son sometidos a procesos selectivos ni a apareamientos dirigidos.

En segundo lugar, todas las razas de perros, los mestizos y los lobo son genéticamente compatibles; por eso pueden ser apareados entre sí y producir una progenie fértil. Por supuesto que para poder cruzar un macho pequinés con una hembra dogo argentino sería necesario recurrir, a menos que el pretendiente tomase previamente un curso de escalamiento, a la inseminación artificial.

En tercer lugar es importante señalar que si bien las diferentes razas de perros presentan algunas diferencias particulares en lo que a comportamiento se refiere, los patrones básicos son similares en todas las razas existentes, incluyendo, obviamente, a los perros mestizos.

Recuerdo que un día estaba en una playa evaluando, junto a su dueño, el comportamiento de un dogo argentino de cinco meses. Transcurrido cierto tiempo llegó al lugar una persona que venía acompañada de un pequinés macho de cuatro años. Como todo perro en edad juvenil, el dogo fue a buscar a su potencial compañero de juegos con el fin de pasar un buen momento. Sin embargo, el pequinés, que no tenía las mismas intenciones, lo recibió de mal modo. El dogo sorprendido por los ladridos y gruñidos salió corriendo mientras era perseguido por su malhumorado congénere, que después de unos metros interrumpió su persecución y regresó junto a su dueño. El propietario del dogo, perplejo por la situación, me miró apesadumbrado y me consultó acerca de la "cobardía" de su perro. A su vez, el dueño del pequinés, que me reconoció por mi participación en programas de televisión, se acercó para preguntarme el motivo por el cual un "enano cascarrabias" había logrado imponer su voluntad ante un perro cinco a siete veces más grande que él sin pensar en el riesgo que significaba cometer semejante "estupidez".

Comencé por explicarles que la actitud del dogo nada tenía que ver con la cobardía ni la del pequinés, con la estupidez. En realidad si bien el pequinés era pequeño de tamaño, se sentía sumamente poderoso ya que era un perro adulto. A su vez se encontraba en un lugar muy conocido para él, lo cual aumentaba su seguridad. También era probable que al sentirse el dueño del territorio, interpretara que su jurisdicción era invadida por otro macho, lo que seguramente no resultaba de su agrado.

Por el contrario, el dogo acudía al lugar por primera vez. Además, debido a su edad y según las reglas caninas, no tenía derecho a desafiar a un adulto, ni sentía el poder para hacerlo, a pesar de tenerlo. Finalmente, era probable que la actitud del pequinés hubiera sorprendido sobremanera al dogo, que no entendió cómo un animal tan pequeño tenía semejante carácter; asimismo esperaba ser bien recibido por alguien a quien él consideró, a la distancia, un pequeño cachorro.

Apenas terminada mi explicación, el dogo había convencido a su circunstancia¡ contrincante de que no estaba en sus intenciones disputarle dominio alguno ya que sólo quería compartir un sano e inofensivo juego. Esta situación dio origen al nacimiento de dos nuevas amistades: una entre congéneres caninos y otra entre congéneres humanos.

En resumen, tanto el pequinés como el dogo actuaron según sus propias leyes y sensaciones, pero no según las expectativas humanas, debido a que biológicamente eran animales de la misma especie. Una nueva demostración de que si bien eran distintos por fuera, eran iguales por dentro.

Esto confirmaba una vez más que las apariencias engañan.

Autor: M.V. Claudio Gerzovich Lis
Comportamiento animal
Buenos Aires - Argentina.

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