El gato es la mascota del futuro. Según los últimos estudios se confirma lo que ya veníamos apreciando desde hace unos cuantos años: el incremento total y porcentual del número de gatos (respecto a los perros), por múltiples razones. Pero ¿qué consecuencias puede tener?
El gato es la mascota del futuro. Según los últimos estudios se confirma lo que ya veníamos apreciando desde hace unos cuantos años: el incremento total y porcentual del número de gatos (respecto a los perros), por múltiples razones. Pero ¿qué consecuencias puede tener?
Cada vez tenemos menos tiempo libre y vivimos en casas más pequeñas. Comparado con el perro, el gato es un animal más cómodo para tener con nosotros: son más pequeños, hacen menos ruido, pierden menos pelo, no hay que sacarles para hacer sus necesidades y son bastante autónomos.
Aún no llegamos a las cifras de Estados Unidos o Gran Bretaña, donde desde hace más de diez años los gatos superan a los perros en número, pero llevamos ese camino. Según estadísticas hechas a 1.200 propietarios y 70 clínicas de toda España, los perros de menos de un año constituyen el 20% de cada 100 que se atienden en consulta, mientras que de cada 100 gatos, el 28% son menores de un año. La deducción es fácil: la balanza se va inclinando del lado de los felinos.
Pero, a más gatos, más problemas de comportamiento. Cuidamos en casa a un animal del que realmente sabemos muy poco y cuando hacen "algo raro" nos despista bastante. Por ignorancia, además, nos "empeñamos" en tratarles como a perros, con lo que complicamos aún más el problema.
Según datos obtenidos en Estados Unidos, casi un 50% de los propietarios pensaba que su gato presentaba comportamientos anómalos. Lo malo es que esos trastornos son la primera causa de abandono y eutanasia.
El gato doméstico proviene del gato silvestre norteafricano, Felis lybica, que como la mayoría de los felinos (excepto el león, adaptado a la caza de grandes ungulados en espacios abiertos, para lo que se necesita cazar en equipo), es un animal solitario y territorial.
Los felinos necesitan controlar un territorio lo suficientemente grande como para poder vivir de lo que allí cacen, precisan además conocerlo palmo a palmo (cada piedra, cada arbusto) para optimizar su capacidad como cazadores, y también deben mantener alejados a los posibles competidores.
Cualquier novedad, cualquier cambio, puede ser el aviso de una situación muy peligrosa: intrusos que invadan su territorio con el peligro de violentos enfrentamientos, o pérdida de referencias que le haga sentirse inseguro... Los cambios les van a alterar, y a desencadenar respuestas de estrés.
Para asegurarse de que "todo va bien", los felinos marcan constantemente su territorio. Las señales que utilizan son de tipo olfativo (heces, orina, frotamientos), lo que supone ventajas frente a las visuales o a las auditivas: duran más tiempo, y sobre todo no necesitan el "cara a cara", lo que puede conducir a peligrosos enfrentamientos.
Los felinos son cazadores superespecializados, dotados de armas, reflejos e instinto agresivo. Cual duelo entre guerreros medievales, una pelea entre felinos siempre es un riesgo donde, hasta el vencedor puede resultar seriamente herido. El mayor interés de los felinos (excepto en la breve época de celo) es "no verse".
Las señales olfativas son como fotos clavadas en un tablón de anuncios: informan del sexo, edad, estado físico, predisposición social, y además hasta llevan la "fecha" en que fueron depositadas. Cuando el propietario del terreno olfatea sus propias marcas "sabe" que está en su hogar y que todo marcha bien. Cuando lo huele un extraño la señal es: "¡ojo, este terreno es mío y lo defenderé!"...
En ese marcaje juegan un papel fundamental las feromonas excretadas por numerosas glándulas de la piel, fundamentalmente la cara, los costados, las glándulas interdigitales y las perianales. Entre las diferentes feromonas, las hay que dejan mensajes de alarma, sexuales, de socialización y de apaciguamiento.
Debido al contacto con el ser humano desde hace aproximadamente 8 o 9.000 años, el gato fue poco a poco socializándose, y es capaz tanto de convivir con otros gatos como con especies diferentes a la suya (como el ser humano), aunque en sus patrones de conducta, y sobre todo cuando el animal se asusta, siguen primando sus instintos propios de animal solitario: su forma olfativa de comunicarse (tan diferente a la nuestra, primordialmente visual y vocal, más propia para mantener la cohesión de animales sociales) y su facilidad para estresarse.
Cualquier cambio, por pequeño que nos pueda parecer, por inadvertido que nos resulte, es importante para ellos y, al generar estrés, va a producir o a incrementar una serie de conductas entre las que sobresalen, por lo molestas, las alteraciones del marcaje (eliminación inadecuada: orinar o defecar fuera de su bandeja higiénica, marcaje con las garras en muebles o alfombras) y conductas de agresividad, bien hacia otros gatos o hacia las personas.
Muchas de estas respuestas las vamos a englobar y a clasificar erróneamente como "conductas anómalas", pero aun destacando que no son otra cosa más que parte de su "vocabulario" natural, al resultar desagradables para la convivencia en casa van a suponer motivo de consulta por parte de sus molestos
y preocupados propietarios.
Curiosamente, las "verdaderas" conductas anómalas no suponen preocupación para sus dueños al no resultar desagradables. Son las llamadas "actividades orales", fundamentalmente la bulimia y el acicalado excesivo, que ayudan al animal a "descargar" tensión mediante el aumento de movimiento, al estilo de las conocidas en psiquiatría como O.C.D. (Enfermedad Obsesivo Compulsiva), o esas cosas que hacemos los seres humanos en situaciones de tensión: rascarnos en exceso, balancear las piernas o tamborilear con los dedos en la mesa...
Estas manifestaciones de conductas alteradas o molestas no se producen en gatos que puedan salir a un jardín, donde tienen libertad para arañar la corteza de los árboles, marcar con orina un arbusto o defecar en varios puntos. Se van a producir en gatos confinados a vivir en un piso, donde sus instintos van a chocar con nuestros hábitos.
Una causa de problemas son los cambios en su "etograma" o, lo que es igual: su agenda diaria. Un gato silvestre dedica menos horas a dormir y más al juego o a la caza (de 6 a 12 horas diarias) "descargando tensión". Un gato casero empleará sus horas "vacías" en otras cosas: dormirá mucho más, se moverá menos, y dedicará más horas al acicalado.
Nuestros gatos no necesitan "buscarse la vida". Su comedero está siempre lleno y ya no acechan -llenos de entusiasmo- más que a las moscas de la ventana. Y en un piso es muy difícil que se les cuele un extraño dispuesto a pelear por su territorio... pero ellos no lo saben.
Ante un gato con problemas de eliminación o de agresividad, por citar los más molestos, lo primero debería ser confirmar o descartar que se trate de causas fisiológicas: es muy posible que un gato anciano con problemas de artrosis, uno con cistitis, una gata con infección uterina o un gato hipertiroideo, debido al dolor y a la incontinencia manifiesten síntomas que nos puedan confundir con un trastorno de eliminación, y también de agresividad.
Eso sin descartar, sobre todo en los más "ancianitos", los problemas seniles, algo muy parecido a lo que sucede en las personas de edad avanzada, que ya "no se enteran bien" de lo que hacen. Según las últimas investigaciones veterinarias, un 28% de los gatos entre 11 y 14 años, y ¡ojo!, más de un 50% de los mayores de 15 años, desarrolla algún problema de conducta, achacable a las causas antes mencionadas. No es que nuestro gato "esté
ya viejo", o lo haga "por rabietas". A lo peor, el pobre está con la espalda
muy dolorida...
Si hemos descartado que se trate de un problema físico, contamos con cuatro "armas" para tratar (no siempre es fácil, ni tiene el éxito garantizado) de educar o corregir los problemas de conducta en los gatos.
Autor: Santiago García Carballo, Centro Veterinario Gattos
Fuente: www.especies.asisvet.com
Copyright ©2008 ComportamientoAnimal | Diseño web FJ Websites.com